Monday, June 25, 2012

Hogar, dulce hogar!

¡Casi en casa! La última foto del viaje!
Dilcia y Normita realmente no tienen tanto a donde regresar, pero lo que cuenta es que el hogar es el hogar. No importa qué humilde es la casa, cuántas personas duermen en la cama, o la repetición de la misma comida todos los días. Al fin y cabo, su casa es mejor que el palacio real de Aranjuez o los cuartos del sultán de la Alhambra.

Este viaje ha sido una experiencia abrumadora para estas chicas. Salir de una pequeña aldea en las montañas de Honduras a la Europa moderna es una cosa. Pero no fue sólo el viaje en avión o en los numerosos monumentos que visitamos que dejaron las impresiones más fuertes. También fue la convivencia con más de cuarenta chicos de todas partes del mundo, todos hablando el mismo idioma, aunque cada una ligeramente diferente.

Las personas que viajan anticipan los cambios y diferencias. Pero es difícil imaginar un mundo tan ajeno como debe haber sido para estas chicas. ¡Todo fue diferente! El cambio de compartir la cama con las hermanitas a dormir en una litera en un dormitorio ya fue difícil. Y había mucho más: una verdadera ducha, cenar tarde, cambiarse delante de las demás, viviendo de una maleta, el papel higiénico que se echa en el servicio y más que nada, la comida diferente. En Holanda hay un dicho que traduce algo así como: lo que el campesino no sabe, no va a comer, ¡y de hecho! No hubo tortillas, frijoles, huevos y arroz por casi dos semanas y  esto fue una verdadera agonía para las chicas. Yo estaba preocupada, vigilándolas para que comieran lo suficiente. Pero, ¡ay, qué difícil sus gustos! Quiero decir, ¿cómo es posible que les gusten las naranjas, pero el jugo de naranja, no? El chocolate y flan están bien, ¿pero el pudín de chocolate no quieren comer? Aprendieron a comer croissants, ¿¿¿pero el baguette no???

Parte del objetivo de este foro era que los adolescentes se tomaran como el suyo el patrimonio de su país, y creo que se ha logrado esto en el caso de nuestras chicas. No en el sentido de que Dilcia y Norma han representado a las ruinas mayas de Copán con tanta pasión, pero si hay algo que han aprendido, es lo diferente que son sus vidas de la gente que conocieron. Y no en el mal sentido: Quiero decir, ellas tenían que ir lejos de sus casas para apreciar lo que tienen. Vivir en una aldea tranquila entre la naturaleza exuberante, con una vista impresionante de las ruinas de Copán, es algo que se aprende a valorar mucho más desde la distancia. Eso, combinado con tamales hechos por su propia madre y tortillas recién tostaditas en el horno, y estamos en el cielo. Hogar, dulce hogar, ¡de verdad!

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